Un aroma que nos impregna la piel, la libertad de ser nosotros mismos... todo lo que evoca e invita en esta ciudad maravillosa. Cartagena de Indias no es tan sólo una ciudad. Es también un aroma fundamental, algo en el ambiente que nos eriza la piel, una sensación de libertad y delicia. Con sólo respirar un poco de su aire cargado de sal y de gritos alegres, una especie de mágica embriaguez nos invade, nuestros sentidos se agudizan y nos asalta cierta languidez nostálgica, en complicidad con la arena y el sol. No hay escapatoria.


Todo el encanto de aquellos cuartos de san alejo repletos de antigüedades navales y objetos que dan testimonio de otras épocas.


Un lugar para enamorarse, donde lo único posible es caminar tomados de la mano.



Escríbanos



Calles y balcones, baluartes y plazoletas en los cuales perderse y deleitarse.





Con un imponente sistema militar, un trazado urbano impecable y mil tesoros arquitectónicos, esta ciudad responde con orgullo a su declaratoria como Patrimonio de la Humanidad.

Habitaciones deliciosas, en las que se cuela la brisa salada del mar, el susurro de las olas, o el repicar de campanarios y cascos de caballos.



Algunos relatos y confesiones de foráneos que fueron seducidos por las murallas y los balcones.





Como en un cuento de naufragios, Cartagena nos ofrece un montón de tesoros escondidos en sus alrededores.






Las murallas nos susurran, al oído, historias de piratas y grandes damas, secretos deliciosos de épocas lejanas.






Galerías, terrazas, recorridos y la marcha en una ciudad hecha para el goce y la delicia.







Para saciar el apetito voraz y la sed inclemente que la brisa del mar tiene la particularidad de provocar, una maravillosa variedad de colores, aromas y texturas que forman parte de las tradiciones cartageneras y su exquisita gastronomía.


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